Entre los estantes de la biblioteca reposa un Buda de cobre, sus ojos entrecerrados y su plácida expresión denotan paz inmutable. Me recuerda a otro hecho en cerámica y pintado de dorado que, curiosamente, también medita sobre una biblioteca, la mia, a kilometros de distancia en el barrio de Paso del Rey.
"Nada es por casualidad" leí en la tapa de un libro que llevaba una joven que fue sola a comer al restaurant donde trabajaba, pero por qué una coincidencia ha de ser un símbolo para mi. Será que para muchos el mecanismo de la mente funciona igual.
Es otoño en Villa Gesell y los dias pasan pareciéndose a los anteriores. Un hormigueo en el pecho me hace notar que falta poco para partír. Es el momento de pensar en los detalles porque la decisión ya está tomada, lo que hay por delante es una ruta sinfin para saciar una sed de conocimiento que ya los libros no pueden satisfacer. A un lado quedarán los manuales de Esperanto, portugués, inglés, italiano y francés, los tratados sobre los indios, las crónicas coloniales, los estudios antropófagos, los relatos revolucionarios y las filosofías humanistas de hombres de todos los tiempos. Nada de esto resulta útil para encarar un Norte con una mochila sobre los hombros, el exceso de saberes pesa y mucho cuando se desea descubrír en el camino lo particular y la sorpresa, lo genuino y originario sobre un extenso pedazo de tierra. A un lado quedarán también los fantasmas del pasado, quienes de a poco se irán quedando en los países que les sean de su agrado para morir lejos de casa y del lugar en que nacieron.
Victor vive a pocas cuadras de mi departamento, nos conocimos trabajando durante el verano costero y nos desvelamos hablando de nuestros afanes de horizonte, ansias de libertad y ganas de ver un mundo distinto. Facilmente desarrollamos una utopía en una sola noche y creamos una isla de hombres maravillosos sobre la mesa del comedor de una hostería a dos cuadras del mar. La isla se parecía en sus rasgos generales a la organización comunitaria de algunas tribus indigenas que había estudiado ávidamente entre un sillón amarillo y una cama colorada: nada increible, en verdad, vidas sencillas y despreocupadas, ajenas al consumo, la conquista y la destrucción, desinteresadas del poder, la avaricia y la distinción social. Anulados los estratos, las escalas, la desigualdad de bienes y oportunidades entre otras características que el sueño y el amanecer no nos permitió desarrollar. Lo que si quedó esbozado fue un plan sin plan, un destino sin final, un modelo para armar sobre la marcha cuyo único fin era avanzar.
"Nada es por casualidad" leí en la tapa de un libro que llevaba una joven que fue sola a comer al restaurant donde trabajaba, pero por qué una coincidencia ha de ser un símbolo para mi. Será que para muchos el mecanismo de la mente funciona igual.
Es otoño en Villa Gesell y los dias pasan pareciéndose a los anteriores. Un hormigueo en el pecho me hace notar que falta poco para partír. Es el momento de pensar en los detalles porque la decisión ya está tomada, lo que hay por delante es una ruta sinfin para saciar una sed de conocimiento que ya los libros no pueden satisfacer. A un lado quedarán los manuales de Esperanto, portugués, inglés, italiano y francés, los tratados sobre los indios, las crónicas coloniales, los estudios antropófagos, los relatos revolucionarios y las filosofías humanistas de hombres de todos los tiempos. Nada de esto resulta útil para encarar un Norte con una mochila sobre los hombros, el exceso de saberes pesa y mucho cuando se desea descubrír en el camino lo particular y la sorpresa, lo genuino y originario sobre un extenso pedazo de tierra. A un lado quedarán también los fantasmas del pasado, quienes de a poco se irán quedando en los países que les sean de su agrado para morir lejos de casa y del lugar en que nacieron.
Victor vive a pocas cuadras de mi departamento, nos conocimos trabajando durante el verano costero y nos desvelamos hablando de nuestros afanes de horizonte, ansias de libertad y ganas de ver un mundo distinto. Facilmente desarrollamos una utopía en una sola noche y creamos una isla de hombres maravillosos sobre la mesa del comedor de una hostería a dos cuadras del mar. La isla se parecía en sus rasgos generales a la organización comunitaria de algunas tribus indigenas que había estudiado ávidamente entre un sillón amarillo y una cama colorada: nada increible, en verdad, vidas sencillas y despreocupadas, ajenas al consumo, la conquista y la destrucción, desinteresadas del poder, la avaricia y la distinción social. Anulados los estratos, las escalas, la desigualdad de bienes y oportunidades entre otras características que el sueño y el amanecer no nos permitió desarrollar. Lo que si quedó esbozado fue un plan sin plan, un destino sin final, un modelo para armar sobre la marcha cuyo único fin era avanzar.




