Lo que hace a la historia:
el hombre que la mira,
la historia contándose
a si misma
imágenes desde el retrovisor
La decisión final de abandonar el living confortable y viajar. Abandonar el barrio antiguo y las caras conocidas, el calor de los seres queridos y el motor de mis piernas ingenuas que caminan en círculos por las calles grises de Buenos Aires, la Gran Ciudad, el Laberinto.
Encontrar otras calles, la pista de la posibilidad que el camino puede ser distinto y también el destino final en la empresa de andar preguntándole al cielo adonde vamos, qué será del mundo y de los humanos que lo habitan
Recorrer algunos horizontes y bajar a explorar el fondo virgen de mi mirar, andar y conocer, aprender a vivir con otra finalidad, el pan está ganado ya, hay que despertar, vivir y nada más.
El viajar es un placer para la necesidad de ver a la historia ser y pasar. Cuando pensamos en pasado sin saber sabemos que el hombre ya es historia. Todas las estaciones pasan en un vistazo fugaz.
Pasan los caminos y me pregunto que relación habrá entre todos ellos antes de saber que uno es la relación y mis ojos viendo su factor común.Urgido por la necesidad de salir de la máquina que mecaniza mis movimientos, eso que llaman ciudad, centro, laberinto de soledad, donde los autómatas van y no se preguntan aquello cuyas respuestas aborrecen, como los hipócritas, como los hijos de la máquina iguales a sus señores.
Si con solo salir fuera suficiente ya estaría satisfecho, pero el ojo que ve encuentra la periferia y los tentáculos de la máquina llegando hasta aquí, pesando con su influencia.
Es una gran estupidez, claro, renegar de lo inmodificable... pero que tal si acaso hay una respuesta que no sea resignación, que tal si en un punto la pregunta halla su respuesta y la inquietud del nómade se hace conciencia. Entonces la libertad invadiría al hombre y llegaría después del esfuerzo a la añorada paz que persigue.